
Los niños amados se convierten en adultos que saben amar
Nuestras primeras experiencias con el mundo marcan nuestro desarrollo emocional. En los niños se entreteje una red que conectará su mente y su cuerpo, lo que determinará en gran parte el desarrollo de la capacidad de sentir y de amar. El amor por los niños en estas primeras etapas es determinante para su bienestar emocional futuro.
En este sentido, nuestro crecimiento emocional dependerá de nuestros primeros intercambios emocionales, los cuales no enseñarán qué ver y qué no ver en el mundo emocional y social en el que nos encontramos. El hecho de dar amor a los niños desde el inicio de la vida contribuye a crear vínculos seguros y fortalece su desarrollo.
Así, el campo de nuestra infancia nos permite sembrar las semillas del amor de manera natural, lo que determinará que la capacidad de amar y ser amados crezca de manera saludable y nos ayude a desarrollarnos. En definitiva, los niños amados desarrollan mejor sus habilidades afectivas, y es a través del amor en niños donde se gesta gran parte de su equilibrio interior.
“Somos seres emocionales que aprendimos a pensar, no máquinas pensantes que aprendimos a sentir” (Stanisla Bachrach).
Los niños tienen una confianza natural en sí mismos. De hecho, nos asombra que ante desventajas insuperables y fracasos repetidos no se rindan. O sea, que la persistencia, el optimismo, la automotivación y el entusiasmo amistoso son cualidades innatas. En este sentido, es el mundo o, mejor dicho, los adultos, los que vamos mermando esa inteligencia emocional con la que todos nacemos. Cultivar al niño amoroso que hay en cada ser humano requiere comprensión y respeto desde la infancia. Las muestras de cariño y afecto elevan la autoestima en los niños y les ayudan a construir una personalidad emocionalmente adaptada e inteligente. Es decir, nuestro amor les ayuda a manejar los miedos naturales que surgen en las diferentes edades, fomentando un grado de sensibilidad saludable.
Darnos cuenta de esto nos ayuda a ser conscientes del papel tan relevante que tiene amar a nuestros hijos y educarlos desde el respeto, la empatía, la expresión y la comprensión de sentimiento, el control del enfado, la capacidad de adaptación, la amabilidad y la independencia. Educar desde el amor de niños no significa sobreproteger, sino permitirles crecer emocionalmente con guía. Y es ese amor entre niños, en su interacción con otros, el que también moldea sus habilidades sociales.
El temperamento de un niño refleja un sistema de circuitos emocionales innatos específicos en el cerebro, un esquema de su expresión emocional presente y futura, y de su comportamiento. Estos pueden ser o no adecuadas, por lo que la educación debe convertirse en apoyo y guía para ellos. Cuando vemos a un niño amado, percibimos cómo florece su carácter con seguridad y equilibrio.
Para lograr una salud emocional óptima, debemos cambiar la forma en la que se desarrolla su cerebro. La idea es que a través del amor y de la educación emocional fomentemos ciertas conexiones neuronales saludables en los niños. Esta es una forma profunda de construir niños con amor, donde lo afectivo y lo cognitivo se desarrollan juntos.
O sea, todos los niños y todos los adultos parten de unas características determinadas que tienen que gestionar juntos para lograr su bienestar físico y emocional. Y cuando ese proceso se da con amor a los niños como base, el resultado suele ser adultos más sanos y empáticos.
Por ejemplo, el hecho de que un niño sea tímido por naturaleza, suele provocar que los adultos que nos encontramos a su alrededor lo sobreprotejamos, haciendo que se vuelva ansioso y perturbable con el paso del tiempo. Sin embargo, respetar el amor de un niño hacia sí mismo y hacia los demás es clave para evitar que crezca con inseguridad.
En este sentido, con lo que hoy en día conocemos, la educación emocional requiere de cierto desaprendizaje adulto. Un niño tímido debe aprender a poner nombre a sus emociones y a enfrentar lo que le perturba, no debe sentir que le cortamos las alas porque es vulnerable. Es necesario crear espacios donde los niños amorosos puedan expresarse libremente sin miedo al juicio.
Un adulto tiene que mostrarse empático sin reforzar sus llantos y sus preocupaciones, proponiéndole a su vez nuevos desafíos socio-emocionales que le permitan evolucionar. Es decir, hay que proteger su salud emocional a través del desarrollo de sus características naturales. El respeto por la esencia del niño con amor es una forma concreta de fortalecer su autoestima.
No podemos tratar de criar a nuestros niños en un mundo Disney de inocencia e ingenuidad. El estrés y la inquietud forman parte del mundo real y de la experiencia humana tanto como el amor y el cuidado.
Si tratamos de eliminar estos obstáculos, impediremos que tengan la oportunidad de aprender y desarrollar capacidades realmente importantes que les ayuden a enfrentar desafíos y decepciones que son inevitables en la vida.
FUENTE: La Mente es Maravillosa
Psicóloga especializada en terapia individual para adultos, terapia de pareja y terapia de familia.
- Natalia Vivas
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